De las toneladas de cítricos a la sostenibilidad real: lo que he aprendido en el camino

Murcia, 4 de marzo de 2016 – María Boluda Aguilar, Fundación Ingenio.

La primera vez que entendí de qué va esto de la sostenibilidad no fue en un aula ni leyendo un PDF. Fue mucho más terrenal: estaba frente a montañas de desperdicios de cítricos que la industria no sabía dónde meter. Literalmente, toneladas de problemas acumulándose cada campaña.

En aquel entonces, yo estaba metida de lleno en la investigación en la Politécnica de Cartagena. Me pasaba el día entre la planta piloto, el laboratorio y reuniones interminables. Ahí me di cuenta de una verdad incómoda: de nada sirve que una solución sea brillante sobre el papel si luego es imposible aplicarla en el mundo real.

El reto era «valorizar» esos subproductos. Suena técnico, pero la realidad era un rompecabezas.

Recuerdo perfectamente el día en que los números empezaron a cuadrar. No hubo fuegos artificiales, solo el alivio de ver que aquello funcionaba. Lo que antes era un gasto molesto para la empresa, de repente, se convertía en materia prima útil. Ese día mi chip cambió: innovar no es solo hacer ensayos, es aprender a mirar un residuo y preguntarse: «¿En qué se puede convertir esto?».

El factor humano detrás de la técnica

Aprender eso me costó entender que la sostenibilidad no solo depende de datos. Depende de convencer a personas que se juegan su dinero, que tienen márgenes ajustados y que sienten vértigo ante la incertidumbre. La sostenibilidad real ocurre cuando alguien decide que, pese al riesgo, merece la pena intentarlo. Y os lo digo por experiencia: hacen falta más valientes.

Después de aquello vinieron muchos otros retos. He trabajado en seguridad alimentaria, en ganadería —peleando por el bienestar animal y la reducción de antibióticos— y en la economía circular del purín. También desde la Fundación Ingenio y en espacios como AINNAGRO, intentando que la tecnología no se quede encerrada en un despacho, sino que llegue a quien de verdad la necesita.

Ser mujer en un sector de botas y barro

En todo este recorrido, hay un matiz que no puedo obviar: la experiencia de ser mujer en un sector que, tradicionalmente, ha sido de hombres. No hablo de grandes muros, sino de esos detalles cotidianos: ser la única mujer en una mesa técnica o notar que, a veces, tu criterio tiene que pasar un examen doble antes de ser validado.

No lo cuento como una queja, sino como una realidad que está cambiando. He tenido la suerte de dar con equipos donde, al final, lo que importaba era si la solución funcionaba, no quién la proponía. He aprendido que el rigor, la cercanía al terreno y —sobre todo— la capacidad de escuchar, son nuestras mejores herramientas para abrir camino.

Menos despachos y más realidad

Hoy sigo convencida de lo mismo: las soluciones que duran no son las más complejas, sino las que un agricultor o un gerente de cooperativa puede aplicar mañana mismo en su negocio.

A veces la sostenibilidad es un gran avance tecnológico, pero la mayoría de las veces es algo mucho más sencillo:

  • Ajustar un proceso para no tirar nada.
  • Ahorrar una gota de agua.
  • Sentarse a hablar con quien lleva toda la vida trabajando el campo antes de proponer cambios desde un escritorio.

Si me preguntan qué es para mí la ingeniería aplicada al desarrollo sostenible, siempre vuelvo a aquellos cítricos de mis inicios. Todo empieza ahí: en el momento en que dejamos de ver un problema como un coste y decidimos preguntarnos qué futuro puede tener.

Historias como estas forman parte del día a día de comunidades agrícolas y sociales que buscamos visibilizar a través de iniciativas como Murcia Agrosostenible donde producir y aprender a consumir siguen siendo parte de la misma conversación. Porque, al final, la ingeniería solo tiene sentido si sirve para que nuestra tierra, y nuestra gente, tenga un futuro mejor.

Desde la Fundación Ingenio y de la mano de Legados, trabajamos para que ese esfuerzo silencioso de quienes cuidan nuestra tierra sea reconocido. Porque, al final, la ingeniería solo tiene sentido si sirve para proteger lo que nos define y asegurar que nuestro campo siga siendo el corazón de nuestra región.