El pulso invisible del monte

4 de marzo de 2016 – Jaime Olaizola, CEO de IDForest.

El día que regresé al bosque después del incendio que viví de cerca (Sierra de la Culebra de 2022), no reconocí el lugar. El sendero que había recorrido mil veces estaba sepultado bajo una alfombra de ceniza gris y silenciosa. Los árboles seguían allí, manteniendo sus siluetas contra el cielo, pero estaban vacíos, despojados de ese murmullo constante que es la vida. Me quedé un rato en silencio, esperando oír algo, pero aquel día el bosque no decía nada.

Recordaba las aventuras que de pequeño había vivido allí, sobre todo en otoño cuando cada paseo era distinto: colores nuevos, formas inesperadas, pequeñas sorpresas escondidas entre las hojas. Me fascinaba agacharme y descubrir lo que otros pasaban por alto. Sin saberlo, estaba aprendiendo a mirar desde otra perspectiva. 

Años después, ya como ingeniero de montes, entendí que esa costumbre era más importante de lo que parecía.

Tras el incendio, muchos hablaban de replantar cuanto antes. Era lógico. Cuando algo se quema, la urgencia es llenar el vacío. Pero mientras caminaba por aquella ladera negra, sabía que eso no era suficiente. Me agaché y cogí un puñado de tierra. Se deshacía con facilidad, ligera, sin esa consistencia húmeda que recordaba. No era solo que el bosque hubiera perdido sus árboles. Era que había perdido su pulso.

Entonces las palabras de mi profesor Juan Andrés Oria de Rueda cobraron más sentido que nunca. Recuerdo el primer día de clase, sus palabras se me grabaron en lo más profundo y despertaron un gran interés: “el bosque no son solo árboles… son árboles y hongos que mantienen una estrecha relación”. Una comunidad invisible que trabaja bajo nuestros pies. Cuando esa comunidad desaparece, lo que vemos arriba tarda mucho más en volver.

Las palabras de Juan Andrés han marcado mi carrera. Me inicié en la investigación de la micología y en la búsqueda de aplicaciones prácticas. Pero nunca habían cobrado tanta importancia como ese día.  Fue cuando me di cuenta de que todo el conocimiento que había adquirido tras años de investigación y que ya estaba aplicando con éxito en viñedos, dehesas, pistachos… podría tener mucho valor en los suelos quemados. ¿Por qué no probar?

Recuerdo con claridad el día en que entendí que el monte iba por buen camino. No fue al ver un árbol alto ni una ladera verde. Fue al agacharme —como hacía de niño— y descubrir que el suelo ya no estaba muerto. Tenía vida otra vez. Se notaba.

A veces pensamos que la ingeniería es cálculo, maquinaria, planos. Para mí, en aquel momento, fue otra cosa. Fue aceptar que la solución no estaba en hacer más, sino en hacerlo mejor. 

Es en ese momento en el que entendí que los procesos naturales son la mejor obra de ingeniería jamás creada. La naturaleza es tan sabia que solo tenemos que detenernos a observarla y ver sus procesos para aprender de ella y encontrar la solución a muchos problemas. Los hongos tienen un papel fundamental en los suelos… funcionan como una red de tuberías que suministran agua y nutrientes a los árboles.  Nuestro trabajo es conseguir acelerar esos procesos naturales para ayudar a que la recuperación sea más rápida, en este caso, multiplicar esos hongos y aplicarlos en el suelo para que hagan su función.

Con el tiempo los árboles fueron creciendo. No todos, pero sí los suficientes. La ladera dejó de ser gris. Volvieron los insectos. Y un otoño, al caminar sin buscar nada en concreto, vi algo que me hizo sonreír: entre las hojas nuevas asomaban las primeras setas.

Me agaché como cuando era niño. No por nostalgia, sino porque entendí lo que significaban. Si estaban ahí, era porque bajo la superficie todo volvía a estar conectado.

Aquel monte me enseñó que lo más importante no siempre es visible. Que después del fuego no solo se pierde paisaje, también se quema un mundo oculto que sostiene la vida. Ahora paseo con mis hijos por el bosque. Vivimos nuevas aventuras que, algún día, serán un valioso conocimiento.