La miel como remedio popular y síntoma de lo que aún podemos preservar

Benito López Dyer, vecino de Córdoba,  lleva toda su vida mirando al campo. No como observador, sino como parte de él.

“Ahora todo el mundo habla de las abejas y la biodiversidad con alarma y urgencia. Con titulares. Con cumbres. Con urgencia repentina. Y no es justo.”

No es justo para quienes lo supieron siempre. Para los que no necesitaron un estudio académico ni un informe científico para entender que sin abejas, no hay vida silvestre. No hay vida rural. No hay vida. Para los que avisaron durante años, con las manos en la tierra y sin que nadie les escuchara, que había que respetar los cultivos, proteger la flora, dejar espacio a lo que siempre estuvo ahí.

Para los que sabían, porque lo vivían, que la miel no era un producto. Era el alimento de las abejas. Su armadura. Su razón de seguir. 

La miel siempre ha sido la intermediaria entre estos pequeños polinizadores y las comunidades rurales. Los agricultores y ganaderos siempre han mantenido sus pequeñas colmenas, y las alimentaban y protegían para obtener la miel. A veces, al lado de sus huertos familiares; otras, semiperdida en lo más alto del monte; ya que siempre se decía que la miel de bosque, más oscura y densa, era más sana y nutritiva. 

La miel era un producto accesible en el mundo rural, que se compartía de forma desinteresada entre familiares y desconocidos. Era el azúcar cuando no lo había, o cuando su precio era prohibitivo. A su vez, era el remedio natural favorito cuando jarabes, caramelos para la garganta, desinfectantes o pastillas vitamínicas no estaban disponibles en la farmacia más cercana. 

También en mi familia. Los López tenemos mucha experiencia con la miel. Nosotros siempre hemos tenido nuestras colmenas de abejas. Como familia de generaciones de agricultores y ganaderos, era un pequeño lujo. Aunque, como todo, un lujo bastante trabajoso; había que pintar las colmenas, alimentarlas en invierno, protegerlas y cuidarlas de enfermedades y especies invasoras, y castrar la miel de los panales. 

De pequeño veía a mi abuela, mi padre o a mi tía abuela Antonia (venida desde el pueblo para la ocasión) vestidos de astronautas cada mayo. Se arremangaban y se disponían a trabajar para extraer toda la miel posible de las colmenas, dejando siempre “una cuarta” para que las colmenas pudieran seguir alimentándose. Tal era la cercanía de nuestra relación con la miel, que mi tía Inés llegó a tener su propia tienda destinada a su venta en Córdoba, cerca de la Calle Reyes Católicos. Vendía nuestra miel ecológica, y extraía propóleo y jalea real como complemento. El problema es que a finales de los ochenta, el concepto de producto ecológico significaba poco, y el de producto de cercanía era inexistente. Aquello duró poco. Ahora, las regulaciones actuales harían imposible siquiera intentarlo de forma tan “casera”. 

Cerrada la tiendecita, seguimos usando la miel; la usábamos para nosotros y la regalábamos a nuestros amigos cercanos. Era un gesto de cariño, un deseo de protección. También la intercambiábamos con algunas otras familias del campo, en una competición afable por el sabor y la demostración de aprecio. Una práctica natural, que se pierde entre nuevos requisitos legales, competencia desleal en importaciones, la aberración de “mieles sintéticas” y un mundo rural en despoblación continúa. 

La miel era y es un multiusos natural, con propiedades más que ratificadas por estudios médicos. Aparte de clarificar la garganta en procesos de gripe y resfriado, y de reducir la tos, es coadyuvante junto con el limón para paliar la fiebre. Tiene propiedades antibacterianas y antisépticas, hasta tal punto que se usaba en forma de cataplasma para evitar la infección de pequeñas heridas y quemaduras, facilitando su cicatrización. Además, tomada en pequeñas cantidades de forma asidua, mejora el sistema digestivo, protegiendo contra la formación de pequeñas úlceras y problemas de motilidad intestinal. Sin olvidar, dada su carga vitamínica y mineral, su uso como revitalizante y energético para las personas que la consumen y el refuerzo del sistema inmune. Últimamente, se han estudiado sus propiedades antioxidantes que podrían ser beneficiosas para la protección del corazón y el cuidado de la presión arterial. 

También podría hablar de otros productos de las abejas, como el propóleo, el polen o la jalea real, que nada tienen que envidiar a los suplementos que ahora se encuentran por doquier a elevados precios, …pero eso daría para otro artículo entero. 

Sin embargo, se ha de dejar claro que lo natural tiene un papel en nuestra sociedad, y que sigue uniendo a la población. En concreto, la miel; su producción, sus remedios y su consumo siguen siendo marca insustituible del mundo rural, aportando lecciones al conjunto de la sociedad. Lecciones que pueden evitar una sorpresa cuando, si continuamos por ciertos senderos, en vez de abejas y familias rurales, nos encontremos con todo lo contrario.

Historias del territorio como estas forman parte del día a día de comunidades agrícolas y sociales que buscamos visibilizar a través de proyectos como Murcia Agrosostenible y Mujeres con Raíces, donde producir y aprender a consumir siguen siendo parte de la misma conversación.