10 febrero – Día Mundial de las Legumbres.
Por Fátima Santiago, responsable de comunicación de Legados.
Las lentejas siempre empiezan mucho antes de la olla. Empiezan en un gesto casi imperceptible: alguien decide no tener prisa. Como mi abuela Valeriana que llenaba la cazuela de agua fría y las dejaba reposar sin mirar el reloj. Decía que las cosas importantes no se hacen rápido y durante años pensé que hablaba solo de cocina; con el tiempo entendí que hablaba de la forma en que algunas cosas necesitan su propio ritmo para salir bien.
Antonio, agricultor de Murcia, trabaja con el mismo sentido del tiempo que tenía mi abuela en la cocina. Nunca siembra el mismo día que el vecino, no por no hacer lo mismo sino porque presta atención. Antes de sembrar, se suele agachar y coger un puñado de tierra y lo deshace entre los dedos. Lo hace porque el suelo cambia cada semana: a veces está compacto, otras se abre ligero. Cuando aún no lo ve claro, se marcha y vuelve días después, y cuando la tierra cae fina, casi esponjosa, decide sembrar. Él no planta lo rápido ni lo vistoso; planta legumbres. Dice que hay cultivos que alimentan la campaña y otros que permiten que exista la siguiente.
El padre de Antonio miraba el cielo para decidir cuándo sembrar, y Antonio aún lo hace, solo que ahora también consulta los datos de humedad y riego en el móvil, no para sustituir lo aprendido con arraigo sino para ajustarlo, para entender qué necesita la tierra y después intervenir solo lo justo. Pues bien, mientras tapa las semillas parece que no ocurre nada, aunque en realidad empieza lo importante, porque las raíces trabajan antes que la planta, reorganizan el suelo, devuelven nutrientes y preparan la próxima cosecha, y por eso suele decir que no es el cultivo más rentable, sino el que permite que todo lo demás funcione.
Ese mismo día, en una cocina de Berja, un pueblo de Almería, una mujer abre una bolsa de lentejas y las pasa por la mano antes de lavarlas. Reconoce sin dudar que son de allí y por eso las compra en el mercado. No sabe explicarlo con palabras, pero los años le han enseñado a notarlo: recuerda el año seco en que salieron pequeñas y el invierno lluvioso en que tardaban más en cocer.
La tierra se expresa de dos maneras distintas. En el campo se toca y en la mesa se reconoce. La lenteja que permite al suelo descansar es la misma que enseña a cocinar según el año: uno mide para usar menos agua y otra espera para entender el sabor. No están en el mismo lugar, pero están haciendo lo mismo, sostener el equilibrio.
Por eso existe un día para las legumbres. No para celebrar un alimento humilde, sino para recordar que hay decisiones pequeñas que mantienen sistemas enteros en pie. A veces pensamos que la sostenibilidad llegará con grandes decisiones, pero casi siempre empieza antes: cuando alguien siembra pensando en la próxima temporada y alguien cocina sabiendo de dónde viene. Entre ambos gestos el territorio sigue funcionando, como siempre lo ha hecho.
Historias como estas forman parte del día a día de comunidades agrícolas y sociales que buscamos visibilizar a través de iniciativas como Murcia Agrosostenible y Mujeres con Raíces, donde producir y aprender a consumir siguen siendo parte de la misma conversación.